La Vida Madre

¡Pues No Debería Doler! El Drama de una Teta

¡Pues No Debería Doler! El Drama de una Teta

¡Pues No Debería Doler! El Drama de una Teta

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¡Pues No Debería Doler! El Drama de una Teta

Dar el pecho duele

¡Pues No Debería Doler! El Drama de una Teta

¡Pues No Debería Doler! El Drama de una Teta

No debería dolerte.

Pues el niño está bien agarrado.

¿Estás segura de que te duele?

Pero, del 1 al 10, ¿cuánto te duele?

Me duele tanto que siento la necesidad de morder algo, de que me metan un palo en la boca para no gritar del dolor.

 

Ya empezó en el hospital, nos fuimos a casa con dolor. Los días pasaban y no mejoraba. Al tercer día, de madrugada, fue mi marido a la farmacia a comprar un sacaleches. Estaba desesperada, pero no lo llegué a usar; seguía apretando los dientes. Al cuarto nos fuimos a urgencias. Al quinto vino una asesora de lactancia a casa. A los pocos días fuimos a ver a otra. Y así empezó.

A ver, póntelo así a ver si mejora. ¿Nada? ¿Y en posición de rugby también te duele?  Pues yo lo veo todo muy bien, no entiendo que te duela. Mira la boquita en forma de pez, labios evertidos.  ¿Estás segura de que te duele? También te digo que el umbral del dolor de cada persona es diferente.

Vaya si me dolía… Cuánto lloraba dándole el pecho. Recuerdo mirar hacia abajo y ver esa cabecita minúscula, perpetuamente enganchada a mi pecho, mojada con mis lágrimas. 

 

Pasaban los días y el dolor no se iba. Iba y venía de las revisiones en mi centro de salud, pero no mejoraba. Me daban instrucciones contradictorias con las que me había dado una de las asesoras, que a su vez se contradecían con lo que decía otra de ellas.

¿Has probado con pezoneras?

No te pongas pezoneras porque el niño tiene que abrir grande y con la pezonera no abre la boca del todo. 

 

¿Seguro que te colocas bien? Tienes que hacer un agarre profundo. Mira: cuentas uno, dos, tres y, cuando abra la boca, te lo acercas al pecho. Bebé va a teta, no teta a bebé. 

 

No, así no. Ponte una banqueta debajo de las piernas, el culo para atrás, recógelo con la otra mano, así. ¿Ahora te duele? ¿Segura? Pues no me lo explico porque el niño está bien agarrado. 

 

Parece que tiene algo de frenillo sublingual. No se suele diagnosticar. 

 

Tiene callo del lactante, eso es mal agarre. 

 

Ah, ¿lo de la ampollita? Eso es muy normal, les sale de la fuerza que hacen al mamar. 

 

¿Le ha visto algún fisio? Muchos bebés nacen con tensión en el cuello y no se diagnostica. Deberías llevarlo a que lo vean. 

 

No lo lleves al fisio, te van a enredar para comprar un bono de mil sesiones y otras cosas innecesarias. 

 

Claramente es un problema del frenillo. Este doctor es el mejor, una eminencia. 

Le escribo al doctor, cita para dentro de un mes. Impensable aguantar tanto. Consigo que nos reciba antes, vamos a verle, pero no es una consulta lo que nos espera, sino un señor dando una charla a un grupo de padres con bebés recién intervenidos de frenillo lingual. Habla de la eficacia de su método, de cómo viene gente de todas partes a verlo porque como él no opera nadie. No explora al niño, no le abre la boca, ni siquiera nos hace ninguna pregunta. Directamente nos «receta» hacerle el masaje que acaba de explicar a los padres en el postoperatorio, todos los días, y puede mejorar porque el niño es muy pequeño. Tiene 3 semanas. 

 

Siguen pasando los días y el tema no mejora; me sigue doliendo, aunque no siempre. Consigo alguna toma sin mucho dolor. ¿O sí que me duele? Es difícil saberlo, estoy terriblemente desconectada de mi cuerpo. Agotada mental y físicamente, anhelando una solución que no llega. Los pocos ratos que puedo dormir me revuelvo en la cama enganchada al teléfono, leyendo artículos de páginas de lactancia buscando respuestas. No las encuentro; cuanto más leo, más me confunde todo. Algo debo de estar haciendo yo mal para que el dolor no remita. Las voces externas cada vez se vuelven más ruidosas.

Ponle chupete, el niño no puede estar mamando todo el día.

 

Lo normal es que los bebés se pasen el día mamando. Sí, sí, 10 horas seguidas también.

 

Ten paciencia, la madre es su hábitat, ellos tienen que estar ahí, eres su confort.

Llamo a una asesora de lactancia llorando desesperada. Me cobra 45 € por una llamada de 18 minutos en la que me aconseja  gestionar mis expectativas. Los bebés son muy demandantes, todo pasa. 

 

La única posición en la que no me muero del dolor es tumbada, llevo  todo el día con el bebé al pecho recostada en el sofá. ¿Seguro que es normal?

Sí, ellos lo que necesitan es la teta. 

 

La teta es su todo. Estos primeros meses son vitales para su desarrollo y el apego. 

 

Además, las inmunoglobulinas de la leche materna son prácticamente mágicas: los protegen de alergias, se ponen enfermos mucho menos…

Hasta hay gente que establece una relación directa entre leche materna y cociente intelectual… ¿Cómo voy a quitarle eso a mi niño? Las opiniones de «expertos» continúan:

No es normal que el niño esté tanto tiempo al pecho. Le das 20 minutos de cada pecho y luego te lo quitas; si llora, le pones el chupete.

 

No le pongas chupete, porque se  acostumbran a chupar diferente y luego no te va a agarrar bien. 

 

Claro, es que sin chupete es imposible. ¿Por qué no se lo quieres dar? 

 

El chupete hasta los dos meses no. Una vez que esté la lactancia establecida.

 

¿Ahora mismo tiene hambre? ¿Le toca comer? Te usa a ti de chupete. 

 

No, no. En cuanto el bebé abra la boca, a la teta. Ante la duda, siempre ofrecerle pecho.

En una de mis visitas al centro de salud le comento a la enfermera que estoy pensando en empezar a sacarme leche y dársela en biberón. Su respuesta es categórica:

Uy, como le des un biberón te cargas la lactancia.

Bueno, pues si te ves muy mal le das un poquito en una jeringuilla, pero es mejor que esté al pecho todo el tiempo que él quiera, aunque te duela un poquito. La lactancia es a demanda, ya sabes.

Viendo que la situación no mejora y, aunque nos da miedo la anestesia general, decidimos operar del frenillo lingual. Nos han dicho que el dolor desaparece una vez realizado el corte. Que salen del quirófano, te lo pones al pecho y ya no te duele. 

 

Le escribo al famoso doctor para decirle que los masajes no han conseguido que el dolor desaparezca. Me cita directamente para cirugía, sin ver al niño. Los síntomas que le describo en mi correo son suficientes para el diagnóstico: tomas muy largas, pezón aplastado, dolor agudo…  Le escribo a la asesora de lactancia que nos los recomendó y nos dice que le parece raro que le vaya a operar sin verlo. Nos anima a que pasemos a verla. Lo de siempre: Póntelo así, asá. ¿Mejor? ¿Seguro que no te duele menos así? Pues parece que sí que tiene frenillo. Operadle, se irá el dolor. 

El doctor nos recibe en la clínica a la que hemos acudido con un sobre de 700 €. Esperamos en una habitación; el médico y su anestesista vienen a vernos 5 minutos antes de la hora pactada para la cirugía. Le mete el dedo por primera vez en la boca. Tres segundos le bastan. El diagnóstico es inmediato: sí hay que operar. Recoge el sobre y se marcha. 

 

Al rato se lo llevan a quirófano, salimos al pasillo a hablar con otra pareja e intercambiamos miedos y esperanzas compartidos. Lo traen de vuelta y me lo pongo al pecho. Gran expectativa. Nada. Me duele. Dale tiempo, me aconseja el doctor tras la charla de una hora que nos da a los padres elogiando su método infalible y que ya habíamos escuchado en nuestra previa visita. 

 

Revisión unas semanas más tarde:

¿Estás segura de que te sigue doliendo? 

Pues el niño saca la lengua bien, el corte es perfecto. Lo que está pasando es que, mami, no estás apretando lo suficiente, no le estás haciendo los masajes bien.

Siempre es culpa de mami. 

 

Decidimos ir al fisio, a ese especializado en infantil y lactancia que todos recomiendan. Es nuestro último cartucho. Mi pareja me hace prometer que, si con el fisio no mejora, lo dejamos; así no podemos continuar. 

Lo examina y nos dice que el niño tiene mucha rigidez en el cuello, del embarazo y el parto. Lo masajea y nos cuenta que tras algunas sesiones suele mejorar. Me lo pongo al pecho en la consulta y, efectivamente, el dolor mejora. 

 

¿Cuánto me duele? No lo sé. Menos, eso desde luego. Nos hacemos ilusiones, volvemos a los dos días antes de irnos a casa de mis padres a pasar las Navidades. En el viaje hacemos una parada para que mame el niño. Me duele, pero no lo pienso. Llego a casa de mis padres, mi hermana tiene una niña de 4 meses y le está dando el pecho cuando llegamos. El mío tiene uno y medio y yo me siento en el sofá a darle de mamar. 

 

Por un momento me deja de doler, hablo con mi familia. Qué momento más bonito. Sí, parece que la cosa mejora, soy optimista.

Nos pasamos las Navidades alimentando al niño de diferentes maneras: cuando no me duele mucho, al pecho. Cuando no lo soporto, con mi leche extraída o de fórmula si la mía no llega. Siguiendo las recomendaciones que nos han dado, para no interferir con la lactancia, no le damos biberón. 

 

Usamos dedo y jeringuilla porque la técnica de succión es diferente y no queremos arruinarlo ahora que está aprendiendo. Es agotador. También tenemos que estar pendientes de hacerle un ejercicio mientras está mamando que nos ha dado el fisio.

Tengo otra cita con la psicóloga que he empezado a ver. Me dice que el dolor muchas veces tiene un componente muy mental, que intente conectar con el bebé al amamantarlo, hacer una meditación guiada relajando todo el cuerpo. Eso debería ayudar.

También me dice que deje de escuchar a todos y haga un esfuerzo por escucharme a mí. Eso, en efecto, ayuda. 

 

Matronas, doulas, asesoras, líneas de lactancia, fisioterapeutas infantiles, cirujanos frenectólogos…  Mil opiniones a menudo contradictorias. En algo están de acuerdo: hay que seguir: salvar la lactancia es la prioridad.

Es que la teta los calma mucho. Además es muy cómoda.

¿Cómo le vas a quitar la teta? Ah, ya, que te duele… Pero pobrecito mi niño, con lo que le gusta a él y lo bueno que es para ellos…

Me saco la leche y se me ingurgita el pecho. Entre que el niño no mama bien y la leche extra que me saco, produzco demasiado. Principios de mastitis, pechos como piedras… Me tengo que despertar las pocas horas que consigo dormir para sacarme leche. También he empezado a desarrollar algo llamado síndrome de Raynaud. 

 

Lo hablo con mi pareja, una y otra vez. 

No puedes estar así, nuestro hijo te necesita sana, alegre.

Pero es que yo quiero darle el pecho, es lo mejor para él. Todo el mundo lo dice, todo el embarazo y los mil cursos, charlas y libros que hemos leído dicen que es lo mejor para ellos. Si le doy un biberón, voy a ser mala madre, va a tener alergias, se va a poner enfermo…

 

Vuelvo al centro de salud y anuncio que voy a dejar el pecho, que estoy mal psicológicamente y no puedo criar así a mi hijo porque la maldita obsesión de dar el pecho me está impidiendo disfrutarlo. Su respuesta me derrumba.

Pero, ¿y las pezoneras no te funcionan?

 

Vete a que te analicen la leche porque en un curso nos dijeron que a veces es infección aunque no tengas síntomas externos.

Otro fracaso.

 

Hoy mi hijo cumple 5 meses. El día que cumplió 3 le di el pecho por última vez. Hablé con él y le expliqué mis motivos. Le conté que, para poder dedicarme a quererle y cuidarle, tenía que soltar, dejarlo ir. Una vez más, su cabecita se empapó con mis lágrimas. Quiero creer que lo entendió porque no ha cambiado nada. Come y duerme genial, y no tengo ningún problema para conseguir calmarlo si llora. Es un niño sano y feliz, con una madre sana y feliz.

 

Todos esos miedos que me bombardeaban e impedían dar el paso han ido desapareciendo poco a poco. Con el tiempo, también he ido descubriendo que muchas de estas afirmaciones sobre los poderes mágicos atribuidos a la teta se han exagerado y la evidencia a la que se agarran no es tan fuerte ni tan certera como nos lo cuentan.*

En mi siguiente visita al centro de salud tras haber dejado el pecho, le conté ilusionada a mi enfermera mi decisión. Le dije que sentía que había hecho lo correcto. Le confesé que estaba entrando en un estado semidepresivo por la frustración tan grande que me ocasionaba la situación. Por toda respuesta, me preguntó si todavía seguía teniendo leche. 

 

Por eso escribo esto. La maternidad ya es suficientemente difícil de por sí. Te encuentras en un estado regresivo, completamente perdida, vulnerable, carne de cañón para opiniones y consejos externos. De repente, todo el mundo parece saber más que tú, y en tu ingenuidad te dejas guiar y flotas de un lado al otro como un pañuelo arrastrado por ráfagas de viento en direcciones opuestas. 

 

En el empeño de nuestra sociedad por defender la crianza natural y buscar siempre lo mejor para nuestros bebés, nos hemos olvidado de las mamás.

Todos los artículos empiezan diciendo: «Tanto si das el pecho como si has decidido dar biberón«, pero no siempre se reduce a una mera elección. Es indescriptible la enorme presión que existe por amamantar. Juzgamos a las madres que no lo hacen y damos por sentado que se trata de una elección egoísta y despreocupada. 

 

Rápidamente concluimos que, si dan biberón, es porque no quieren que se les caigan las tetas o porque no se han informado lo suficiente. Todo el mundo sabe que la lactancia materna exclusiva es lo mejor para los bebés. Pero, ¿y para las madres? ¿Qué es lo mejor para ellas?

«La lactancia es

maravillosa si es

placentera»

Durante estos meses he hablado con muchas mamis** que se han visto obligadas a dar biberón y han sentido el peso de la sociedad encima de su ya pesado sentimiento de culpabilidad. 

 

Madres de niños ingresados en la UCI, madres usando relactadores, resignadas a una lactancia en diferido por meses, aceptando el dolor como parte integral de sus vidas. Sintiendo cómo esas primeras semanas o meses se ven empañados por un deseo incumplido. Por la culpa de no poder. ¿Por qué no dejamos a las madres en paz?

La lactancia es maravillosa si es placentera, como todas las madres que queremos dar el pecho esperamos y deseamos que sea. Pero no siempre es así. No siempre se reduce a una decisión. A veces, por motivos que se nos escapan, se convierte en una verdadera tortura.

Se nos llena la boca como sociedad hablando de liberación de la mujer. Sabemos que queda mucho por hacer, pero no es siempre lo obvio. En un afán de defender nuestro derecho a la libertad, nos estamos tirando piedras contra nuestro propio tejado.

 

Cuando todos te dicen que dar el pecho es lo mejor que puedes hacer por tu hijo y hay que hacerlo a cualquier precio, la lactancia deja de ser una elección y se convierte en una presión que ahoga. 

 

Dejemos a las madres decidir. 

 

Pero decidir de verdad. 

Testimonios

Eva A. Movilla

@themusgui

Foto en Story por Ali Sallusti
http://www.alisallusti.com

La Vida Madre

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#maternidadsinfiltro

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